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Cuando Gustavo Petro entregó el poder el 7 de agosto de 2026, dejó un mercado laboral con desempleo de un solo dígito y una reducción sostenida de la pobreza; un balance que economistas nacionales e internacionales reconocen como avance social, aunque coinciden en que llegó acompañado de un costo fiscal que ahora deberá administrar su sucesor.


El cierre del gobierno de Gustavo Petro deja una cifra que ningún analista, ni siquiera sus críticos, discute: Colombia terminó su mandato con desempleo de un dígito, algo que el país no lograba de forma sostenida desde hacía años. Economistas consultados por medios especializados reconocen avances sociales en el balance del Gobierno Petro, aunque advierten sobre el déficit fiscal y los retos que heredará su sucesor. Leer ese resultado exige, sin embargo, algo más que la cifra aislada: exige entenderlo dentro de la arquitectura de política económica que lo produjo, y contrastarlo con las voces —favorables y críticas— que lo han evaluado desde la academia.

El primer elemento estructural de esa arquitectura fue la política salarial. A diferencia de la década anterior, en la que el salario mínimo real crecía apenas cerca de 1% anual, entre 2022 y 2026 el incremento fue de aproximadamente 39% real, cerca de 9% cada año. La pregunta que ha ocupado a la teoría económica ortodoxa —si un incremento salarial de esa magnitud destruye empleo— encontró en Colombia una respuesta empírica más matizada de lo esperado: según el Center for Economic and Policy Research (CEPR), centro de investigación con sede en Washington que ha seguido de cerca la experiencia colombiana, esos aumentos salariales no estuvieron acompañados de un deterioro visible del mercado laboral; por el contrario, el desempleo se redujo de forma significativa.

Esa correlación —salario al alza y desempleo a la baja— es precisamente el tipo de evidencia que Petro utilizó para respaldar su enfoque frente a quienes pronosticaban lo contrario. En enero de 2026, cuando el desempleo llegó a su mínimo histórico para ese mes pese a las previsiones pesimistas de buena parte de la Junta Directiva del Banco de la República, el propio mandatario fue explícito al vincular el resultado con la política de salario mínimo, al señalar que los asesores económicos del Banco de la República deberían revisar sus teorías.

Detrás de esa apuesta redistributiva hay una influencia intelectual reconocida por el propio Petro desde el inicio de su proyecto político: la del economista francés Thomas Piketty, autor de El capital en el siglo XXI. Piketty asesoró de manera directa al entonces candidato desde comienzos de 2022, cuando ambos discutieron el concepto de capital de su obra, el trabajo estadístico del economista chileno José Gabriel Palma y la posibilidad de consolidar una escuela de pensamiento económico latinoamericana orientada a la equidad. Esa influencia se tradujo después en política pública concreta: la apuesta más ambiciosa del gobierno para sanear las finanzas públicas —un impuesto al patrimonio de los más ricos— estuvo inspirada en el economista Thomas Piketty y en la convicción de Petro de que la desigualdad es una afrenta moral. El hilo conductor, en clave piketiana, es claro: gravar la concentración de capital para financiar transferencias y elevar el ingreso de los hogares más pobres, bajo la premisa de que la desigualdad —y no el gasto social— es la verdadera amenaza para el crecimiento de largo plazo.

Los datos agregados respaldan parte de esa hipótesis. Según Anif, el centro de pensamiento económico colombiano, se registraron importantes avances sociales, con la reducción de la pobreza y bajas históricas en el desempleo durante el cuatrienio. En cifras concretas, el mismo informe estima que cerca de 2,2 millones de personas salieron de la pobreza monetaria y alrededor de 1 millón de la pobreza extrema, un avance que atribuye a las transferencias y al alza del salario real. Sectorialmente, el crecimiento del empleo en 2026 se explicó sobre todo por la expansión de la administración pública, la educación y la salud, junto con comercio y construcción: sectores que combinan inversión estatal directa y reactivación del consumo interno, en línea con una lectura de corte keynesiano sobre el papel del gasto público como motor de demanda agregada en fases de desaceleración global.

No obstante, la evaluación académica seria exige incorporar la contracara que los propios analistas señalan. El mismo informe de Anif que celebra los indicadores sociales advierte que persiste un grave deterioro fiscal, con alta deuda pública y una débil inversión privada. Es decir: el modelo de reducción del desempleo vía gasto público y transferencias logró su objetivo social, pero a un costo fiscal que su sucesor, Abelardo de la Espriella, deberá administrar en un contexto de inflación con tendencia nuevamente al alza y crecimiento económico en desaceleración, según reportó France 24 en su balance de cierre del mandato.

A esa tensión fiscal se suman los límites estructurales que el propio DANE reconoce en sus reportes más recientes: la informalidad laboral sigue por encima del 54%, el desempleo juvenil dobla el promedio nacional y persiste una brecha de género de más de tres puntos porcentuales. Son indicadores que ningún ciclo de gobierno de cuatro años resuelve por completo, y que matizan la lectura triunfalista del dato agregado sin invalidar el logro que representa.

En síntesis, el legado laboral de Gustavo Petro admite una lectura de doble entrada. Desde la perspectiva de la teoría de la desigualdad —la que Piketty ayudó a formular y que Petro adoptó como brújula—, el resultado es coherente: elevar el ingreso de los más pobres, vía salario mínimo y transferencias, generó demanda interna y empleo sin el efecto contractivo que anticipaba la ortodoxia monetaria. Desde la perspectiva de la sostenibilidad fiscal y de la calidad del empleo, el mismo modelo deja una factura pendiente y una informalidad persistente que condicionarán el margen de maniobra del próximo gobierno. Cualquier análisis riguroso del período 2022-2026 tendrá que sostener ambas conclusiones a la vez, sin sacrificar ninguna en nombre de la otra.



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