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Mientras Marco Rubio estrechaba la mano del presidente Abelardo de la Espriella en Barranquilla y hablaba de "reconstruir" la alianza con Washington, Beijing le devolvió el golpe desde Lima: ningún país de América Latina, advirtió, es el "patio trasero" de nadie. La frase, lanzada por la embajada china en Perú, no fue un exabrupto diplomático cualquiera: fue una respuesta directa a las críticas que el propio Rubio publicó en columnas de prensa colombiana, ecuatoriana y peruana justo al aterrizar en la región. 

"Patio trasero" nunca más: el golpe de Beijing a Marco Rubio durante su gira por Latinoamérica.

El round de declaraciones no podía llegar en un momento más incómodo para Colombia. El mismo martes en que Rubio sellaba en Barranquilla lo que su equipo llamó una "nueva etapa histórica" con el gobierno de Abelardo de la Espriella, con acuerdos sobre minerales críticos y cooperación nuclear civil de por medio—, la embajada china en Lima activaba una batería de mensajes en redes sociales para dejar clara una cosa: ni Bogotá, ni Quito, ni Lima le deben explicaciones a nadie por hacer negocios con Beijing.

La respuesta china no fue improvisada. Rubio había publicado, en simultáneo en diarios de los tres países que visitaba, una columna en la que cuestionaba que los proyectos respaldados por el gobierno chino pasaran por encima de los marcos legales locales y pusieran en riesgo la seguridad de los datos. China no se quedó callada: aseguró que sus inversiones en la región son transparentes, que nunca ha exigido a ningún país "elegir bando" y que la cooperación con América Latina no busca perjudicar a terceros ni debe someterse a las presiones de terceros. El mensaje, aunque emitido desde Perú, estaba escrito pensando también en los oídos colombianos.

Para el ciudadano de a pie en Colombia, esto no es solo un cruce de cancillerías lejano. El país acaba de pasar por cuatro años de tensión abierta entre Petro y Washington, y ahora, con De la Espriella buscando "restaurar" esa alianza a marchas forzadas, la pregunta que sobrevuela es qué tan libre es realmente esa decisión. El respaldo del pueblo colombiano a la postura china, la idea de que cada nación elige sus socios sin injerencias, no necesariamente se traduce en simpatía hacia Beijing como potencia, pero sí conecta con un sentimiento histórico y transversal en la región: el cansancio frente a que las grandes potencias hablen de soberanía latinoamericana solo cuando les conviene a ellas.

En el terreno práctico, Colombia no tiene con China una dependencia como la de Perú, que lleva doce años consecutivos con Beijing como su principal socio comercial y donde el puerto de Chancay, construido con inversión china, se ha convertido en un símbolo de esa disputa. Pero sí mantiene intercambios comerciales relevantes y, sobre todo, atraviesa un momento en el que cada gesto hacia Washington se lee en clave de qué margen de maniobra le queda al país frente a las dos potencias. La frase china, sin nombrar a Colombia una sola vez, terminó hablándole directamente.

Lo que queda claro es que la disputa entre Washington y Beijing por la región no es un capítulo cerrado, sino uno que apenas se reabre con cada gira, cada columna y cada respuesta diplomática. Para Colombia, en pleno proceso de redefinir su lugar entre ambas potencias, el mensaje de fondo venga de donde venga, es el mismo: la verdadera prueba no será quién grita más fuerte que el país es soberano, sino qué tanto ese discurso se traduce en decisiones que realmente beneficien a los colombianos.

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